El desarrollo de las naciones en desarrollo, en los años ochenta, fue encargado al modelo de crecimiento cepalino de sustitución de importaciones, libre mercado y explotación de recursos naturales. La aplicación de ese modelo demostró ser un arma de doble filo en el que las economías no estaban preparadas para la llegada de capitales y la precaria industria nacional estaba demasiado débil como para hacer frente a las multinacionales, al implementarse la apertura. Treinta años después de este fenómeno, a través del ensayo y error las economías se adaptaron a su nueva realidad, renovaron su planta industrial, adaptaron sus mercados e implementaron nuevas normas de consumo. Así se llego a que países como Colombia hoy sean considerados emergentes.
Sin embargo, la lección no aprendida en el país es la de la renovación de los principios que definen la importancia nacional del conocimiento. Hoy la economía nacional se fundamenta, en su mayoría en un sistema extractivo de recursos naturales, con un alto componente de capital y un sistema financiero que ha demostrado ser robusto y avanzado, encaminado a driblar con esos flujos de divisas. Sin embargo, a pesar de resultados positivos en el crecimiento, este modelo ha demostrado su gran defecto, no genera desarrollo y por lo tanto mientras el país crece se ensanchan las brechas sociales generando desigualdad y pobreza.
Esto abre la discusión sobre cómo un país que crece se deteriora más. La respuesta es precisamente el abandono de los otros dos factores de producción existentes, a saber la tierra y la mano de obra. Mientras el primero se ha convertido en una gran extensión de lotes de baja productividad dedicados a la ganadería y el engorde, el segundo sigue perdiendo terreno a nivel mundial; nuestra mano de obra sigue rezagada y quedándose atrás.
La importancia de la mano de obra en el mundo de hoy, retoma importancia. La relevancia de cada factor de producción ha tenido su época, en la era del conocimiento, la actual, son las personas y la capacidad de transformar datos en información, información en conocimiento, y este último en acciones de desarrollo, es el epicentro de la economía mundial.
Teniendo en cuenta las características de las economías actuales, que son turbulentas, complejas, de cambios constantes, con mucha incertidumbre, competitivas, en un mundo globalizado y con un componente fuerte de las tecnologías de la información, resulta imperante contar con las herramientas para adaptarse a este nuevo modelo. Los elementos que resultan necesarios son aquellos que permitan la adopción de las nuevas tendencias en los tiempos más cortos posibles con una alta eficiencia en la utilización de recursos. Para esto se necesitan organismos adaptables y rediseñables en el corto plazo. Solo es posible lograr esto si se cuenta con personal calificado hábil en su terreno para la solución de problemas y el desarrollo de soluciones integrales. Contando con mano de obra no calificada no es posible configurar equipos que capitalizan los cambios innoven y continúen.
Los flujos de información en el mundo actual requieren, desde la parte física, elementos técnicos que permitan su procesamiento, organización y exposición. Pero son los recursos humanos quienes puede lograr un análisis de la información y a partir de ahí generar soluciones viables y aplicables. Son estos mismos quienes pueden implementar los planes de acción.
Hoy día, las organizaciones son exigidas para ser flexibles, hacer uso intensivo de tecnología, estar dispuestas a la innovación y a asumir riesgos, tener una cultura del aprendizaje y ser conscientes que el conocimiento es un recurso estratégico. Para que los agentes puedan adaptar este esquema requieren contar con personas idóneas que dirijan las organizaciones hacia esa configuración. He ahí el porqué de que muchas empresas estén en la búsqueda constante de personal altamente calificado, con experiencia y con un excelente manejo de las nuevas tecnologías.
Es claro, entonces, como las tendencias actuales de economías pasando del campo físico al virtual, concentrando la productividad en el uso de información y la transformación de las actividades económicas hacia actividades del conocimiento, requiere de capital humano ex profeso para encarar los retos que se suceden.
A pesar que el tema pueda resultar claro, para los ojos de los empresarios la academia e incluso el gobierno, resulta preocupante observar como una verdad a gritos no desemboca en políticas públicas y privadas claras y de envergadura para darle a la economía la mano de obra con las condiciones que requiere. El rezago del país se centra en ese punto, en que mientras el mundo se dirige hacia la era del conocimiento, en Colombia se insiste en la economía de extracción.
Por citar un ejemplo, Colfuturo, icono del apoyo a la formación de profesionales de alto nivel en el país, cuenta con recursos irrisorios y de muy baja competencia frente a sus pares en otros países. Tal situación se puede entender en la medida que esta valiosa institución es una fundación promovida con capitales privados, los cuales son limitados y no configuran, de ninguna forma, una política pública. Este es un primer punto de reflexión, en tanto el Estado ha designado una prioridad nacional a un particular de recursos limitados.
Sin ánimos de iniciar una disertación de las condiciones políticas y sociales que han generado esta situación – tema que excede el propósito de este trabajo –, se requiere una evolución en el entendimiento sobre el tema. Sobre el asunto de la importancia de profundizar en la inversiones, tanto a nivel privado como público, en investigación y desarrollo, hay un amplio espectro de opiniones todas proclives hacia atender la necesidad de formación de los colombianos. Sin embargo, la discusión ha sido infructuosa en la medida que no ha desencadenado en la construcción de una política público-privada, que asuma con responsabilidad y visión a largo plazo una transformación profunda del factor mano de obra en el país y se comprometa con las generaciones venideras a formarlas al nivel que se requiere para fundamentar el desarrollo del país en la innovación y la creación de bienes y servicios de alto contenido tecnológico y cognoscitivo; de lo contrario el país estará condenado a perfeccionarse como un proveedor de materias primas.
Estudios sobre diferentes economías son claros al demostrar la relación directa que hay entre el aumento de la investigación y el desarrollo y la formación de los ciudadanos, y el crecimiento y desarrollo económico en tales naciones. Tal es el caso de la India o los tigres asiáticos.
Es claro que hay una preocupación desde todos los sectores por atender de forma perentoria el tema y asumir políticas encaminadas a atenderlo. Sin embargo, en el proceso de construir planes de acción, surgen impedimentos fuertes que relegan el tema. El principal, es un tema presupuestal. Es claro que este proceso requiere recursos, escasos en economías emergentes. Pero la asociación con el sector real siempre será una opción para profundizar y, el momento de bonanza de flujos de capital, dado el modelo de extracción, debe ser considerado como el punto ideal para redireccionar las partidas que necesitaría la revolución educativa en el país.
La era del conocimiento es inminente, se está viviendo en el mundo y la velocidad que trae consigo, en la transformación de los modelos de producción y en las actividades económicas, es de tal magnitud que el país ya se encuentra rezagado para implementar las medidas que se requieren para preparar a los colombianos e inmiscuirse en el mundo de la investigación y desarrollo, y encontrar allí el verdadero motor del país. La educación y la I + D no son oscuras dimensiones de inversiones inciertas a muy largo plazo, son, en realidad, la base de toda la economía futura. Si no se construye esa base, ¿cómo será la economía futura?
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